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¿La tercera guerra mundial?


Por: Tomás Castrillón Oberndorfer 

Se decía que la tercera guerra mundial sería causada por la escasez del agua, o sea que tendría un profundo trasfondo ambiental y de supervivencia.

Pues bien, un virus parece haber tomado la delantera, y ha obligado a la humanidad a emprender una batalla por la supervivencia.

Entre las primeras recomendaciones que se han presentado para tratar de contener la expansión del ataque viral, han surgido unas que tienen que ver con el aseo personal, como la lavada frecuente de las manos, y otras relacionadas con las relaciones con el prójimo, como limitar la distancia interpersonal y el control del número de concurrentes a los eventos sociales. También se ha venido sometiendo, gradualmente, a algunos núcleos poblacionales a una cuarentena que se ha venido extendiendo como uno de los medios fundamentales para controlar la expansión del virus.

Curiosamente, estas recomendaciones constituían parte de la buena práctica que recomendaba Carreño desde el siglo XIX en su “Manual de Urbanidad y buenas maneras”, y que aún a mediados del siglo pasado eran de práctica muy frecuente, por lo menos en el medio local. Esto trae consigo una invitación a la reflexión relacionada con los grandes asentamientos humanos que carecen de los servicios esenciales como el suministro de agua potable y alcantarillados, como ocurre en algunas de las comunas de la ciudad, ya que dichas carencias constituyen una invitación permanente a la aparición de enfermedades causadas por virus y bacterias.

Desgraciadamente no ha existido, en algunos casos, la presteza requerida por parte de muchas autoridades y aflora la indisciplina social, la especulación y abuso de comerciantes inescrupulosos y las ambiciones de dirigentes politiqueros.

En medio de la contingencia, han pasado a segundo término, como “el árbol que no deja ver el bosque”, muchas de las contingencias que venían de atrás, como, en el caso de las obras de infraestructura, las que constituyen Reficar, Electricaribe y el proyecto hidroeléctrico de Hidroituango.

Aun así, desde el punto de vista ambiental, sigue la gran preocupación de la contaminación del aire en la región.

Con las fuertes limitaciones impuestas por la mencionada cuarentena disminuyó drásticamente el flujo vehicular, específicamente de los automóviles particulares, y, sin embargo, la contaminación del aire en el Valle de Aburrá aumentó.

Surgen conclusiones como la de que la fuente del problema no la constituyen principalmente los automóviles, y más bien se les “endilga la culpa” a los incendios forestales, aún a grandes distancias. Entonces cabe peguntar: ¿Cuál es la prevención, el control y el manejo que hace el Estado a dichos incendios forestales?

A nivel del Valle de Aburrá, el señor alcalde ha ordenado un estudio adicional, ojalá por una entidad internacional, lo que está muy bien, teniendo en cuenta que como decía algún funcionario a nivel del Valle de Aburrá, “Estamos sobre estudiados”. Ciertamente, bastaría recordar que el profesor Gabriel Trujillo, a mediados del siglo pasado en la Facultad de Minas, explicaba muy bien cómo era el comportamiento del aire en el Valle de Aburrá. Pero vinieron los procesos de urbanización, caótica y descontrolada, con la deforestación de las laderas y la construcción desordenada de asentamientos con muchas torres y como dicen los poetas: “Ahí fue Troya”.

Recientemente, el distinguido colega Luis Gonzalo Mejía, en un escrito publicado en el diario El Colombiano, expone el concepto de la “rugosidad” del terreno que afecta la circulación libre del aire. Manifiesta que dicha “rugosidad” se ve aumentada drásticamente con la construcción de numerosas torres de edificios, como sucede en la comuna de El Poblado.

Curiosamente, los urbanistas vienen recomendando una densificación similar de construcciones a lo largo del corredor del río, por lo que se sugiere, al respecto, una revisión del POT, Plan de Ordenamiento Territorial.

Se ha presentado también una “Parálisis de obras viales” incluyendo a las obras de las concesiones de cuarta generación, las 4G.

Como se avecina el ataque del “general Invierno”, debe tenerse en consideración que deben mantenerse las vías de comunicación para garantizar, entre otras cosas, el flujo de los productos del campo.

Es imperativo entonces, que se mantengan los frentes fundamentales como la operación de los túneles, la atención de emergencias y los servicios de ambulancias y grúas, para garantizar el funcionamiento de las vías terrestres.

 

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